Europa ya conocía lo que era un genocidio. En 1933 Hitler llegó al poder y, menos de una década después, se puso en marcha la “Solución Final”, oficializada en la Conferencia de Wannsee de 1942. Millones de judíos fueron exterminados mientras el continente miraba hacia otro lado. Estados Unidos tampoco se movió hasta que Japón bombardeó Pearl Harbor en 1941. No fue la compasión lo que lo llevó a la guerra, sino sus propios intereses.
Tras el fin del conflicto, la ONU aprobó en 1947 el plan de partición de Palestina y, el 14 de mayo de 1948, nacía el Estado de Israel, coincidiendo con el final del mandato británico. Un país creado en tierras que ya tenían dueño, donde vivían familias palestinas que, de repente, dejaron de contar.
Más de ochenta años después, el guion se repite con una crudeza insoportable. Una Comisión de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha concluido que en Gaza se están cometiendo actos que cumplen con la definición de genocidio. Y otra vez, demasiados países prefieren ponerse de perfil. Mientras Netanyahu arrasa con la población palestina, Estados Unidos lo respalda sin rubor. Trump incluso llegó a fantasear con un “resort de lujo” en Gaza, como si dos millones de personas fueran un estorbo que se puede mover a conveniencia.
En España, el Gobierno ha decidido llamar a las cosas por su nombre. Y eso ha puesto nervioso al Partido Popular, que se aferra al argumento de que solo la Corte Penal Internacional puede hablar de genocidio. Olvidan, o quieren olvidar, que esa Corte ya ordenó el arresto de Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad en noviembre pasado. Su portavoz en el Congreso llegó a desdeñar directamente el informe de la ONU.
El secretario general, Miguel Tellado, fue preguntado insistentemente por Silvia Intxaurrondo: “¿Condena usted expresamente al Gobierno israelí por las muertes masivas en Gaza?” La respuesta nunca fue clara. “A nadie le gusta lo que está sucediendo, pero corresponde a la Corte decidir si es genocidio o no”, dijo, para acto seguido atacar a Pedro Sánchez, acusándolo de usar Gaza como cortina de humo. Cuando la periodista insistió, Tellado repitió el mantra: Israel tiene derecho a defenderse de Hamás, lo demás es “tergiversar la posición” del PP.
Pero no solo el PP sorprende con su alineamiento con las posturas más extremas de VOX. El expresidente socialista de España Felipe González, en un coloquio por el aniversario de la adhesión de España a la UE, expresó dudas sobre el impacto del reconocimiento del Estado palestino, calificándolo de gesto “simbólico”. Aprovechó, además, para lanzar críticas tanto a Hamás como al Gobierno israelí, y dirigió un mensaje directo a la organización islamista: “¿De verdad usted no quiere que maten a niños y a mujeres? ¿Por qué no suelta a los rehenes?”. Uno se pregunta si el Felipe González de 2025, durante el secuestro de José Antonio Ortega Lara, tomaría la decisión de bombardear Euskadi porque los etarras eran vascos y se escondían entre la ciudadanía.
Las cifras son insoportables: más de 64.000 muertos, casi 19.000 niños asesinados, hospitales arrasados, periodistas y médicos ejecutados en sus puestos de trabajo. Y mientras los datos estremecen, la oposición mayoritaria en España prefiere mirar hacia otro lado, atrapada en un discurso ambiguo que evita condenar con claridad al Gobierno de Israel.
Mientras tanto, el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, ha anunciado en la red social X el reconocimiento oficial del Estado de Palestina: “Hoy, con el fin de reavivar la esperanza de paz para los palestinos y los israelíes, y una solución de dos Estados, el Reino Unido reconoce oficialmente al Estado de Palestina”. Se suma así a Canadá, Australia y Portugal, que han hecho lo mismo en la jornada de hoy.
La mayoría de los españoles lo tiene claro. Según una encuesta del Real Instituto Elcano publicada en julio de 2025, el 82% cree que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y el 78% apoya el reconocimiento del Estado de Palestina por parte de los países europeos.
La memoria debería servir para no repetir la historia, pero parece que la indiferencia pesa más que las lecciones del pasado. Si una sociedad no se rebela, si calla, si tolera el horror con matices y excusas, es tan cómplice como quienes lo ejecutan.
Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.
Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.
S. Iñesta