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El espectro que amenaza a las televisiones

El 79 % de los ingresos audiovisuales ya pertenecen a los operadores de telefonía. La televisión estaba resistiendo pero ya son 5,48 millones de usuarios en la televisión de pago. Las cadenas tradicionales se sitúan en mala situación de negocio.

Estrella Digital/Miguel de la Balsa

thumbEl conflicto por las rutas comerciales ha sido siempre estruendoso. Desde Troya, aquella ciudad pirata que interrumpía la ruta hacia oriente, los operadores comerciales han sido muy celosos de los caminos por los que circulan las mercancías. El espectro por el que caminan las emisiones de televisión y telefónicas es un camino estrecho y escaso: que los avances tecnológicos produzcan excedentes que pueden repartirse, es el origen del conflicto que atrapa a televisiones y telefónicas.

La generalización de teléfonos inteligentes, la conexión a internet a través del teléfono móvil, el paso de la tecnología 3G a 4G han supuesto un fuerte aumento del tráfico en las redes móviles. Estos aparatos consumen mucha banda y ha sido necesario atribuir a los operadores nuevas frecuencias. Las tecnologías de compresión de contenidos televisivos ha hecho que estos ocupen menos espacio y que una parte del espectro quede tecnológicamente disponible. Este excedente es lo que se denomina “dividendo digital”.

Responder a las necesidades crecientes de los servicios móviles es un imperativo que los reguladores internacionales han resuelto atribuyendo la banda “700”, utilizada por los servicios de televisión por vía hertziana. La Comisión Europea ha establecido el año 2020 para el cambio de banda de la telefonía móvil, con dos años de tolerancia.

 

El conflicto de dos necesidades

En suma, compañías, proveedores de servicios y creadores de contenidos ya conocen el final de la película: transmigrar de nuevo y prepararse para nuevos soportes. Los usuarios tampoco son ajenos a las consecuencias: cambios de aparatos, resintonización de nuevo  y, quizá, menor calidad de la TDT.

El derecho necesario para el desarrollo de la tecnología móvil, profusamente demandada por la ciudadanía, debe ser conciliado con en derecho al acceso a la televisión en abierto.

La televisión estaba resistiendo, gracias a la regulación y hábitos de consumo, el efecto del móvil y de internet. Sin embargo, el nuevo paso tecnológico puede ser disruptivo y colocar a las cadenas tradicionales en mala situación de negocio. Las cifras empiezan a manifestar algunas tendencias que debieran preocuparles.

Un 83,4% del total de los hogares contaban con una conexión a Internet en el segundo trimestre de 2016. La penetración de los servicios de televisión de pago alcanzó al 26,7% de los hogares. La fibra óptica es hoy trece puntos más que un año antes. Respecto a los equipamientos, el porcentaje de hogares que dispusieron de televisión conectada a Internet (Smart TV) superó el 28%, con un crecimiento interanual del 17,3%. El parque de abonados de televisión de pago ha crecido de nuevo este trimestre hasta superar los 5,7 millones.

En suma, no es el modelo de consumo de televisión, es el mismo negocio el amenazado. En los últimos seis años, la televisión en abierto ha perdido el 13,4% del mercado, en favor de la televisión de pago.

 

La resistencia de las televisiones

Si a esa tendencia de mercado se unen los costes de la migración a nuevas bandas y la necesidad de mejoras tecnológicas para que la nueva banda no se traduzca en pérdidas de calidad, el resultado es evidente: cotas de inversión que las televisiones no tienen programadas.

Ha llegado pues el tiempo de las reclamaciones  y de la defensa del negocio. Apoyándose en el legítimo derecho de la ciudadanía a una televisión en abierto, las telefónicas pasan a los asuntos más pragmáticos.

Un Manifiesto suscrito por diversas entidades entre las que se encuentra la patronal de las televisiones privadas, reclama que se retrase los dos años máximos del dividendo digital, que se garantice hasta 2030 la frecuencia asignada, con objeto de obtener recursos para sus inversiones. Y quieren, naturalmente, una parte del pastel del negocio: quieren que lo que los operadores telefónicos paguen por las nuevas licencias se les transfiera a las telefónicas, para aliviar sus costes y mantener unos ingresos que, tendencialmente, apuntan al descenso.

 

El silencio de TVE

Televisión Española no ha suscrito el citado manifiesto. Existe una tradición en el ente público de no implicarse en las cuitas de los operadores privados. Pero es también cierto que a la televisión pública podría no interesarle las propuestas de los competidores privados. Por una parte, estos exigen que no se vuelva a la financiación publicitaria del ente público o que se les libere de financiar el cine – cuestiones que no convienen a TVE-. Además, la corporación pública está en mejores condiciones tecnológicas para adaptarse al cambio. Es decir, la amenaza del espectro podría ser una oportunidad.

En realidad los operadores de televisión reclaman la perennidad de su negocio, mientras las telefónicas utilizan su potencia para mejorar el suyo. Una batalla que las telefónicas creen ganada.

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