Hay decisiones que marcan, no solo a un centro educativo, sino a toda una comunidad. Lo que hoy vivimos en el C.E.I.P. Santiago Ramón y Cajal no es otra cosa que el reflejo de un abandono constante y prolongado por parte de la Ciudad Autónoma de Ceuta. Durante años se han alzado voces, se han redactado informes, se han pedido actuaciones urgentes. Sin embargo, la respuesta ha sido siempre la misma: el silencio administrativo, la dejadez, la indiferencia.
Hoy nos encontramos con una realidad dolorosa: un colegio histórico, referente en nuestra ciudad, se cae a pedazos. Y no hablo solo de ladrillos, techos y paredes, hablo de la dignidad de una comunidad educativa que ve cómo su casa, su espacio de crecimiento, se resquebraja ante la mirada impasible de quienes deberían garantizar la igualdad de oportunidades.
La consecuencia inmediata es tan injusta como inevitable: maestros, alumnos y familias obligados a abandonar su centro para ser trasladados a otras escuelas. Y no, no se trata de criticar la medida de urgencia que intenta salvaguardar la seguridad de los niños y niñas. Lo que señalamos es la irresponsabilidad política que nos ha traído hasta aquí: años de denuncias ignoradas por parte del equipo directivo, años de promesas vacías, años de mirar hacia otro lado mientras las grietas crecían.
Perder el Santiago Ramón y Cajal no es perder un edificio. Es perder un proyecto pedagógico único, una filosofía de enseñanza y convivencia que pocas veces se encuentra en otros centros. Es dejar en el olvido un espacio donde generaciones de ceutíes han aprendido a soñar, donde se ha trabajado con compromiso en un entorno socialmente desfavorecido, donde cada alumno encontraba un lugar en el que crecer con dignidad.
Lo más grave es la quiebra del principio de equidad. Porque no todos los barrios de Ceuta cuentan con los mismos recursos, ni con las mismas oportunidades. Y es un hecho: quien vive en la barriada de Hadu no tiene el mismo acceso ni a servicios, ni a infraestructuras, ni a educación de calidad que quien habita en otras zonas de la ciudad. El cierre forzoso del Ramón y Cajal confirma que la desigualdad en Ceuta sigue siendo una herida abierta.
Hoy sentimos impotencia, tristeza y rabia. Porque el colegio no es solo un lugar físico; es un símbolo, una bandera de orgullo para todos los que hemos formado parte de él. Y ver cómo un gobierno, incapaz de gestionar lo público, ha dejado que llegue a este estado de ruina es una derrota para toda la ciudad.
No estamos simplemente hablando de aulas vacías, estamos hablando de sueños truncados, de ilusiones abandonadas y de familias en situación de vulnerabilidad a quienes se les vuelve a decir, una vez más, que lo suyo no importa, que lo suyo puede esperar.
El Santiago Ramón y Cajal no debería haber llegado a este punto. Su cierre forzoso es la muestra palpable de una incompetencia política que no solo destruye un edificio, sino que arranca de raíz una parte de la historia de Ceuta. Y con ello, se apaga también la esperanza de muchos niños y niñas que merecían lo mismo que cualquier otro: una educación pública, digna y en igualdad de condiciones.