La Reina de Castilla en la dimensión paralela de Mefisto Sánchez

Artículo de opinión de Think Tank Hispania 1188
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España, desde tiempos inmemoriales, es tierra de traidores. Desde las Américas, todas las guerras nos las hicieron los nuestros, y ningún pueblo se ha odiado más por leyendas de envidias ajenas que las ciclotímicas Españas.

Hemos llegado, como país, misteriosamente hasta 2025, utilizando lenguas regionales sin más salida que un nacionalismo infantiloide, creado por mediocres de miembros viriles cortos y sin victorias en sus estandartes.

En esa España quijotesca, donde formaciones que, de 1931 a 1936, estuvieron inmersas en cuatro golpes de Estado y una suma delictiva que hace palidecer al "Número de Graham", van de éticos. En ese ecosistema se ha generado una dualidad digna de Foreman y Ali en el combate del siglo en 1974, en Kinshasa.

Mefisto Sánchez es un tipo sin escrúpulos. La última verdad que se le recuerda es que, en la cuna, dijo: "mamá". El apolíneo vendedor de su propia alma ha devastado un país muchísimo más rápido que la recua sudamericana zurda, y en un terreno más hostil a saltarse los poderes y contrapoderes, como es Europa. Es un tipo profundamente odiado, hasta por sus más fieles partidarios, y encontrará un final a lo Gaius Iulius Caesar (Cayo Julio César), pero con la diferencia de que el romano era un auténtico gigante y Mefisto, más allá de su estatura, es un auténtico enano enamorado de sí mismo.

El tipo cree que puede, a su vez, abatir a todo el poder judicial y al tándem Donald Trump/Elon Musk. Lleva malas cartas en la partida, aunque hará daño hasta el final, pues su psiquis no le permite el bien. Le produciría una reacción anafiláctica cualquier buena obra o demostración de empatía. Lo suyo es una enfermedad del alma (o, mejor dicho, no poseerla).

Su némesis es una simple chica de barrio. Una chica de Chamberí, nada sofisticada ni intelectualoide, de esas generaciones nuevas que salen analfabetas de las universidades, pero con títulos con el valor real de una etiqueta de Anís del Mono. La mujer en cuestión, sin proponérselo, es Reina. Sí, es Reina. Reina de Castilla. Y lleva el nombre del personaje más grande de la historia de España: Isabel.

Mefisto, en cambio, lo lleva del más grande cabronazo de la Vieja Madre Rusia: Pedro… el Cruel, zar malvado donde los haya.

El combate está destinado a que la chica mundana, que vive un mundo cierto y que jamás finge ser algo que no es, venza. Es alguien a quien la parroquia ama. No hay secretos en lo que hace, más que ser ella misma. Todo varón de derechas la sueña, y cualquier participante de Miss Universo carece de la capacidad de llegarle a la suela de los zapatos en lo que provoca en los hombres: devoción a una Reina.

La que tuvo la más grande de los reyes que nunca dio España. Isabel hace lo que hay que hacer: vive con códigos, con verdades y con la intensidad de quien lo da todo. Jamás duda en buscar al mejor para el resultado más óptimo y crece sin pretenderlo.

Cuanto más se esfuerza Mefisto en su destrucción, más seguro anda el diablo de que se quedará con el cuerpo del que de alma carece.

España y Madrid hoy son divergencias absolutas. Hay una búsqueda de destrucción del país que tiene la historia más poderosa del mundo, mal que les pese a sus enemigos externos e internos. Y Madrid se hace una Suiza dentro de su Madre Patria. Castilla tiene Reina y España un Rey más alto que Mefisto, que pregunta al espejo:

—¿Quién es el más alto del reino?

Mientras, a lágrima viva, escucha su Majestad Felipe VI.

Esperemos que Madrid contagie a España. Mimbres algunos hay. No solo de Isabel vive el hombre, pues también está Cayetana: supura honor, supura firmeza, supura fuerza indomable. Y, junto a la Reina de Castilla, en realidad no se les vota, sino que se les ama.

Otras llegarán, pues esperando estamos a Éster Muñoz, Noelia Núñez y Elisa Vigil. Son jóvenes, pero con cojones de toros de lidia. Quizás, en algún momento, aparezca un hombre y nos sorprenda, pues actualmente los huevos los llevan las mujeres.

Lo dicho: Mefisto debe saber que el diablo siempre hace trampas, y al primero que se las hace es a su propio lacayo. Si lee la historia de España, comprenderá que no puede vencer a una Reina de Castilla que se llame Isabel, pues las matemáticas siempre son tan exactas como tozudas.