Rahma tiene casi 70 años y vive sola en una modesta vivienda de la barriada del Sarchal, donde la vida de vecindad aún conserva su esencia. Pero ella se siente sola. No por falta de compañía, sino porque nadie parece entender una necesidad básica: poder entrar y salir de su casa con seguridad.
La entrada principal de su vivienda, que conecta con la calle Mirador del Faro de Punta Almina, está inutilizada. Las escaleras han desaparecido bajo un manto de maleza que impide ver los peldaños. El único acceso posible obliga a caminar por la zona de escorrentía de pluviales, con cemento cuarteado y agujeros por donde asoma una tubería de agua potable rota. Esa fuga de agua provoca humedades en su cocina y ha hecho caer varios azulejos.
Rahma nos recibe en el último aparcamiento de la barriada. Nos invita a subir a su casa, que se ha convertido en una trampa cotidiana. Allí vivió con su marido hasta que falleció, y allí crio a sus cuatro hijas. Pero hoy, esa casa que fue hogar es un lugar que la angustia.
Ha llamado a Medio Ambiente. Lo hizo hace cinco meses. Sigue esperando. También contactó con la empresa del agua, ACEMSA, para denunciar la avería, pero le respondieron que no actuarán mientras no se retire la maleza. Un callejón sin salida.
«Yo pago mis impuestos, ¿no tengo derecho a que atiendan mi queja?»
Rahma habla con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. Ya no usa esa puerta por miedo a caer. Cuando vuelve de hacer la compra, cargada de bolsas, se ve obligada a dar un rodeo por la empinada cuesta de la calle Carlos Villón Egea, porque no se atreve a bajar un tramo de apenas quince escalones que nadie repara.
La maleza no solo ha roto los peldaños. También ha convertido el entorno en un hábitat perfecto para cucarachas y ratas. “No puedo abrir la ventana de la cocina. No quiero que entren bichos en casa”, nos dice. Aquí crio a sus hijas. Hoy no puede abrir la ventana por miedo a las ratas.
La otra entrada tampoco ofrece garantías. Aunque los escalones están en mejor estado, la barandilla está corroída. “Si te agarras al pasamanos, te quedas con él”, señala. La farola que debería iluminar el acceso está inutilizada: base oxidada, cables al aire y sin bombilla.
Rahma nos ofreció té, café con leche y tostadas. No quería que nos fuéramos. No quería quedarse sola. Dejamos a Rahma en su casa, sola, angustiada, esperando que alguien escuche su denuncia, la haga suya y actúe. No pide grandes obras. Solo que limpien un pequeño espacio, reparen las escaleras y arreglen la fuga de agua. Lo mínimo para que su casa vuelva a ser un hogar.