La madrugada en la Explanada de Poniente dejó algo más que salitre. Un aviso ciudadano —uno de esos que llegan sin adornos, pero que activan todas las alarmas— puso en marcha a la Unidad de Seguridad Ciudadana de la Policía Local. Alguien había visto a dos personas moviendo bultos “raros” entre las escolleras. Y allí se plantaron los agentes.
El subinspector que acudió primero coordinó un despliegue rápido. Cuando las patrullas llegaron, encontraron a dos jóvenes escondidos tras un bloque de hormigón, manipulando paquetes junto a material de pesca. Nada especialmente discreto. Al ver a los agentes, uno intentó marcharse, pero no llegó lejos. No hubo resistencia ni incidentes.
La escena empezó a tomar forma en cuanto los policías revisaron el entorno: ocho bultos grandes, tapados con una persiana y con ese olor inconfundible que no necesita manual. Junto a ellos, pesas de unos 20 kilos sujetas con cuerdas y mosquetones, el tipo de lastre que suele usarse para hundir fardos en el agua y recuperarlos después.
Los dos detenidos no llevaban documentación. Uno dijo ser marroquí y mayor de edad; el otro, español y menor, extremo que los agentes confirmaron más tarde. En su caso, se aplicó el protocolo habitual para garantizar su protección y se avisó a sus progenitores, que acudieron a dependencias policiales.
La droga —249,2 kilos de hachís tras el pesaje en la Sección Fiscal y de Fronteras de la Guardia Civil— quedó bajo custodia, igual que el material utilizado para ocultarla y los teléfonos móviles intervenidos.
La investigación continúa, ya en manos de la autoridad judicial, mientras los agentes completan las diligencias por un presunto delito contra la salud pública. Una intervención rápida, nacida de una llamada anónima y resuelta entre bloques de hormigón, olor a sal y casi 250 kilos de hachís que no llegaron a su destino.