Disturbios en Castillejos tras cuatro días de movilización de jóvenes marroquíes

Castillejos se suma al mapa del descontento juvenil en Marruecos: incendios y enfrentamientos. El colectivo GenZ212 lamenta los excesos y el Gobierno marroquí apela al diálogo sin interlocutores claros

Disturbios en Castillejos
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Las protestas en Marruecos han llegado hasta la localidad vecina de Castillejos donde los jóvenes han provocado pequeños incendios y enfrentamientos con las fuerzas del orden.

Esto se une a que en la pasada noche del martes, la noche del martes dejó en Marruecos un paisaje de fractura: 286 heridos, entre ellos 263 agentes de las fuerzas del orden y 23 civiles, decenas de vehículos calcinados, comercios saqueados y una pregunta que retumba más allá de las fronteras: ¿qué ocurre cuando la juventud ya no cree en el futuro?

Las protestas iniciadas el pasado sábado por el colectivo GenZ212 —una agrupación sin rostro, sin líderes, pero con una voz clara— comenzaron como un clamor pacífico por justicia social, educación digna, sanidad accesible y oportunidades laborales. Rabat, Casablanca, Marrakech, Agadir y Tánger fueron los primeros escenarios de una movilización que, lejos de apagarse, se extendió como pólvora por zonas rurales y periféricas.

Pero la noche del martes cambió el tono. En Inzegane, a las afueras de Agadir, lo que era una concentración se tornó en caos: vehículos incendiados, una farmacia devastada, una sucursal bancaria saqueada. En Aït Amira, Béni Mellal y Uxda, la violencia se intensificó, alimentada por rumores y falsedades difundidas en redes sociales. En Uxda, una ambulancia fue interceptada por manifestantes, impidiéndole asistir a los heridos.

El Ministerio del Interior marroquí ha detallado con precisión quirúrgica los daños: 142 vehículos oficiales destruidos, 20 particulares, ataques a agencias bancarias, aseguradoras, farmacias y comercios. En Inezgane-Aït Melloul, 69 agentes heridos; en Uxda, 51; en Skhirat-Temara, 44. La lista continúa, provincia por provincia, como un parte de guerra que no se atreve a nombrar su causa.

La respuesta institucional ha sido doble: por un lado, el Gobierno ha elogiado la moderación de las fuerzas del orden y ha reiterado su disposición al diálogo. Por otro, 409 personas han sido detenidas, algunas bajo custodia policial, otras liberadas tras verificación de identidad. La Fiscalía de Casablanca ha procesado a 34 manifestantes en libertad provisional y a tres en prisión preventiva.

El colectivo GenZ212, que se autodefine como “la generación del código internacional de Marruecos”, ha lamentado los excesos y ha recordado sus principios: no insultos, no violencia, no destrucción. Pero su llamado parece diluirse entre la rabia acumulada y la falta de interlocutores. El Gobierno reconoce que no puede dialogar con un movimiento sin rostro, sin estructura, sin jerarquía. Y sin embargo, es precisamente esa espontaneidad la que lo convierte en un espejo de la desesperanza juvenil.

Las causas son profundas. La muerte de ocho mujeres embarazadas en el hospital Hassan de Agadir, por un anestésico en mal estado, fue el detonante. El despido de los responsables no bastó. La juventud marroquí exige más que gestos: quiere hospitales, no estadios; quiere maestros, no megaproyectos; quiere dignidad, no represión.

Desde Ceuta, donde las costas miran hacia el Magreb con una mezcla de cercanía y distancia, estas protestas resuenan como un eco familiar. La juventud que se organiza en redes, que desafía el miedo, que exige derechos, no es exclusiva de Marruecos. Es una pulsión global que atraviesa fronteras, que interpela a los gobiernos, que exige respuestas más allá del orden público.