Cartas al director

Desahuciados de su propia escuela en el Ramón y Cajal de Ceuta

La comunidad educativa denuncia el cierre abrupto del Ramón y Cajal, símbolo de una escuela con valores. El desahucio se consuma entre lágrimas, impotencia y silencio institucional

CEIP Ramón y Cajal
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El CEIP Santiago Ramón y Cajal vive su día más triste: docentes y familias se ven obligados a desalojar el centro sin tiempo ni respeto. Láminas, murales y años de trabajo empaquetados en cajas de cartón. La carta remitida por la comunidad educativa:

Cuando hablamos de abandono institucional solemos pensar en edificios que se caen a pedazos, en aulas con goteras o en patios donde el tiempo y la desidia han hecho mella. Pero hoy quiero detenerme en otro abandono, aún más doloroso: el de los maestros y maestras del CEIP Santiago Ramón y Cajal, que en cuestión de horas han tenido que recoger toda una vida de trabajo, ilusión y entrega.

Maestros desesperados por salvar no solo papeles, sino años de materiales elaborados con paciencia y cariño. Láminas, fichas, murales, juegos educativos… todo aquello que, más allá de un recurso, representaba un puente hacia sus alumnos. Y ahí estaban ellos, buscando cajas de cartón por la calle para poder empaquetar lo que la administración ha dejado que se convierta en un desahucio educativo. ¿Puede alguien imaginar la impotencia de tener que desalojar la que ha sido tu segunda casa durante décadas, sin respeto ni tiempo para despedirse de ella?

A esa escena se suma la angustia de las familias. Familias que ahora deben hacer auténticos malabares para llevar a sus hijos a distintos centros, muchas veces sin vehículo propio, dependiendo del transporte público o asumiendo los atascos diarios de una ciudad que ya de por sí vive colapsada. Familias que sienten cómo se les arrebata la seguridad de un centro cercano, de un lugar que formaba parte de su vida cotidiana. Y los más pequeños, los alumnos de infantil o los que apenas empezaban una nueva etapa en el Ramón y Cajal, son quizá los que más sufren: arrancados de golpe de lo que consideraban su hogar escolar.

En medio de este caos, quiero reconocer el esfuerzo del equipo directivo, que ha hecho todo lo posible por garantizar que los estudiantes no pierdan su derecho fundamental: el acceso a la educación. Pero no a cualquier educación, sino a una educación de calidad, inclusiva, con sentido y con valores. Esa ha sido siempre la seña de identidad del Ramón y Cajal, pese al abandono institucional al que ha estado sometido durante años.

Hoy, la comunidad educativa entera siente rabia, impotencia y tristeza. Porque no se trata solo de cerrar las puertas de un edificio, sino de arrancar de raíz la historia, el esfuerzo y la identidad de un colegio que ha sido referente. Y lo peor es que todo esto ocurre con la pasividad de quienes deberían haber actuado mucho antes: las administraciones educativas que, una vez más, han hecho oídos sordos a las necesidades reales de un centro histórico de nuestra ciudad.

El Ramón y Cajal no se merece este final. Y sus maestros, alumnos y familias tampoco.