La tarde del miércoles dejó una de esas escenas que, aunque se repiten cada año, siguen teniendo algo especial. El ‘Paso de los Niños’ volvió a salir a la calle y, con él, una tradición que se niega a apagarse. No lo hace porque detrás hay manos que la sostienen. Y, sobre todo, un nombre: Blanca Vallejo.
Blanca, impulsora de esta iniciativa desde hace décadas, no quiso perderse la cita. Llegó al Paseo del Revellín arropada por su familia y recibió el cariño de quienes la reconocen como la mujer que convirtió un sueño en costumbre. Su nieto, Alberto Ramírez, es ahora quien toma el relevo. Y lo hace con la misma determinación que ella puso desde el primer día.
A las seis de la tarde, la comitiva partió del colegio San Agustín. No había grandes artificios, pero tampoco hacían falta. Bastaba con ver a los pequeños, vestidos como sus mayores, llevando con seriedad sorprendente los pasos del Cristo de la Infancia y la Virgen de la Inocencia. A su alrededor, padres, abuelos y vecinos seguían el recorrido móvil en mano, intentando atrapar un instante que, para muchos, es casi un rito familiar.
La Agrupación Musical de la Amargura marcó el ritmo, y los niños —costaleros, mantillas, penitentes, acólitos— pusieron el resto. No había solemnidad impostada: había ilusión. De la que se contagia.
El ambiente fue el de siempre, pero con ese matiz que solo aparece cuando una tradición demuestra que sigue viva porque alguien la empuja desde dentro. Y ese alguien, este año, volvió a ser Blanca, aunque desde un segundo plano obligado por la salud. Su mirada, emocionada, lo decía todo: el legado continúa.
El ‘Paso de los Niños’ no es solo un preludio de la Semana Santa. Es una semilla. Una forma de enseñar a los más pequeños que las tradiciones no se heredan por decreto, sino por afecto. Y en Ceuta, al menos esta, tiene garantizado el futuro. Alberto lo sabe. Blanca lo sabe. Y quienes estuvieron allí también.
Una tarde sencilla, pero cargada de sentido. De esas que recuerdan que las tradiciones, cuando se cuidan, no envejecen: crecen.