La Hermandad del Santo Entierro volvió a poner el broche al Viernes Santo ceutí con una procesión que, aun más sobria de lo habitual, mantuvo intacto ese silencio que cada año convierte su recorrido en uno de los momentos más intensos de la Semana Santa. Solo la ciudad, la noche y una tradición que lleva más de cuarenta años sosteniéndose a base de fe y constancia.
Mientras tanto, en el propio santuario, el repique de campanas anunciaba lo que está por venir: la celebración de la Resurrección. La comunidad cristiana se prepara ya para la Pascua, que cada año devuelve a las calles un mensaje de esperanza que contrasta con la sobriedad del Viernes Santo.
Este año, el Cristo Yacente salió en parihuela. No fue una decisión improvisada. La cuadrilla de mujeres, que durante años ha cargado con la imagen, ha menguado. Son unas treinta jóvenes, cuando se necesitan cincuenta para completar el itinerario sin poner en riesgo su salud. Varias costaleras han dejado de salir por edad, otras no pueden asumir el esfuerzo físico. La hermandad optó por la responsabilidad: mejor aligerar que forzar. Pero salir, salió. Y eso, para ellas, ya es cumplir.
A las 22.00 horas se abrieron las puertas del Santuario de África. El Cristo Yacente y Nuestra Señora de la Soledad iniciaron su Estación de Penitencia acompañados por la música contenida de Ars Sacra, que ayudó a mantener ese clima de recogimiento que caracteriza a la corporación fundada en 1740. El cortejo avanzó por Pepe Durán y alcanzó la Carrera Oficial a las 22.50. Desde ahí, el recorrido siguió su ritmo habitual: Plaza de la Constitución, Victori y Goñalons, Jáudenes, O’Donnell y regreso por Pepe Durán, con la recogida prevista alrededor de la una de la madrugada.
Con la salida del Santo Entierro se cierra el ciclo pasional en Ceuta. Lo hace con la fuerza de lo que se sostiene porque quienes lo mantienen creen en ello. Y eso, en una ciudad que vive su Semana Santa con identidad propia, sigue teniendo un peso que trasciende generaciones.