¿Qué sucede cuando los niños crean su propio huerto? La respuesta se encuentra en el CEIP Lope de Vega, donde el alumnado se convierte en el alma de un espacio verde que, entre paredes de hormigón, respira esperanza. Desde la siembra hasta el cuidado diario, estos pequeños ceutíes aprenden mucho más que jardinería: desarrollan habilidades esenciales como el trabajo en equipo, el respeto por el medio ambiente y la certeza de que para cosechar, primero hay que sembrar.
“Primero hay que coger esta pala”, explica una alumna, mientras guía a compañeros más pequeños en el proceso de siembra. Hoy, los estudiantes de primero de Primaria han llegado al huerto con semilleros de cartón que contienen brotes de alubias, criados con dedicación en sus aulas. Equipados con guantes y guiados por el maestro Rafa, aprenden a cavar lo justo, a devolver la tierra suavemente sobre las raíces y a cuidar los brotes para que prosperen. “¡Ya ha echado raíces!”, exclama sorprendido uno de los niños, mientras su compañera lo alienta: “Sí, te ha salido muy fuerte”.
La actividad avanza entre risas y asombro hasta que llega una sorpresa: un árbol de yuca que será trasplantado al huerto. Con paciencia y bajo la dirección del profesor Rafael Falcón, principal impulsor del proyecto, los niños trabajan juntos para pasar el árbol a una maceta más grande, preparando así su traslado futuro a los arriates del huerto. Entre risas, tierra y agua, aprenden que cada paso en el proceso requiere cuidado y, sobre todo, paciencia.
El CEIP Lope de Vega, ubicado frente a la Plaza de Azcárate, es un edificio urbano que no cuenta con grandes espacios abiertos. Sin embargo, gracias al proyecto Naturaliza y a la pasión del profesor Falcón por el medio ambiente, se recuperó un rincón en desuso del colegio y se transformó en este huerto. Año y medio después, lo que comenzó como un pequeño proyecto es ahora un ecosistema vivo donde los niños no solo cultivan hortalizas como lechugas y tomates, sino que disfrutan del fruto de su trabajo, desde desayunos con pan y tomate hasta ensaladas frescas.
Además de hortalizas, el huerto alberga lavanda, hierbas aromáticas, aloe vera, boniatos e incluso una vid. Cada planta tiene su historia, y los estudiantes conocen cada detalle de su cuidado. Una de las alumnas más pequeñas, por ejemplo, trae semillas de su abuelo, quien vive en la península. “Ella sabe muchísimo de plantas”, comenta orgulloso el profesor, mientras la niña comparte su entusiasmo y experiencia con los compañeros.
Este huerto no es solo un espacio verde, sino una lección viviente. Al final de cada actividad, los alumnos limpian la zona, se lavan las manos y regresan a las aulas, tal vez sin darse cuenta de que llevan consigo algo más valioso que cualquier planta: la comprensión de que todo crecimiento, como la vida misma, requiere cuidado, paciencia y un propósito compartido.
