Educación emocional

Klaude Vedanta y el ‘Cole de las Emociones’: una idea nacida para mejorar la educación emocional en las aulas

El guía de meditación y creador de KlaudeSound visita la ciudad con el proyecto ‘Cole de las Emociones’, una iniciativa que propone algo tan simple como revolucionario: empezar las clases respirando para mejorar el bienestar de alumnos y docentes

Klaude Vedanta
photo_camera Klaude Vedanta

En un aula cualquiera, antes de abrir un libro, nadie pregunta a un alumno cómo está. Se empieza y ya. Sin pausa. Sin contexto. Como si todo lo que ocurre fuera del aula no existiera. Klaude Vedanta propone justo lo contrario.

Este guía de meditación y creador de KlaudeSound, que ha pasado por Ceuta casi de puntillas, llega con una idea tan simple que descoloca: parar cinco minutos, respirar juntos y empezar desde ahí. Sin etiquetas. Sin prisas. Sin dar por hecho que todos están bien.

No se presenta como maestro espiritual. Ni falta que le hace. “Yo me dedico a salvarme mi culo y a ayudar a los demás a hacer lo mismo”, suelta con naturalidad. Y en esa frase cabe casi todo lo que hace.

Klaude Vedanta
Klaude Vedanta

Nacido en Aviñón, creció con un apellido que —según cuenta— lo marcó desde niño. “Me juzgaban por mi familia, no por mí”, recuerda. Quizá por eso insiste tanto en que las personas no son su historia familiar, sino lo que hacen con ella. Antes de dedicarse a la meditación fue cocinero, voluntario en orfanatos de la India, profesor de inglés y viajero incansable. Más de 80 países después, sigue moviéndose con la misma idea: avanzar, descubrir, aprender a perdonarse. Y en la India empezó a trabajar con niños en orfanatos. Y ahí cambió algo.

Antes de dormir, los pequeños hacían un ejercicio sencillo: imaginar una caja y guardar dentro todo lo vivido durante el día. Lo bueno y lo malo. Cerrarla. Descansar. Sin ruido. Sin peso.

Esa idea —tan básica— es hoy parte del corazón del proyecto que podría traerle de vuelta a Ceuta: el ‘Cole de las Emociones’.

No es una clase ni una asignatura al uso. Es más bien una forma distinta de empezar el día en cualquier aula. Cinco minutos para respirar, para soltar lo que cada uno arrastra desde casa, para igualar el punto de partida. “Cuando un niño llega a clase, no sabes lo que hay detrás de esa puerta”, explica. Y no solo habla de niños.

También de profesores cansados. De aulas desmotivadas. De un sistema que sigue funcionando “más antiguo que lo antiguo”, donde el contenido pesa más que la persona.

Porque mientras se enseñan matemáticas o lengua, casi nadie enseña qué hacer con lo que duele, con lo que bloquea o con lo que desborda. Y eso, dice, se nota. Falta atención. Falta motivación. Falta conexión.

Frente a esos males que se arrastran, Vedanta no plantea grandes reformas. Propone algo más incómodo: empezar por lo pequeño. Respirar. Escuchar. Bajar el ritmo. Incluso usar el sonido —un cuenco tibetano, una voz, un silencio— para cambiar el ambiente. “Dos minutos pueden cambiar una clase entera”, asegura.

Su paso por la ciudad nace de una invitación personal de una buena amiga que se dedica a la docencia, pero deja una puerta abierta y no descarta que el proyecto aterrice aquí en forma de talleres o sesiones. De momento, es solo una posibilidad. “Quizá dentro de unas semanas o unos meses”, desliza. No lo confirma, pero tampoco lo descarta.

Y queda una pregunta en el aire: qué pasaría si antes de enseñar, aprendiéramos a parar y a escuchar las emociones de quien tenemos enfrente.