Tras años dedicada a la orientación en un centro con alumnado vulnerable, la ceutí Raquel Elez-Villarroel inicia una nueva etapa como inspectora de Educación. Una responsabilidad que asume con satisfacción, aunque con el reto de dejar atrás su vocación docente.
Raquel Elez-Villarroel ha dado este curso un giro decisivo a su trayectoria profesional: tras años de estudio y preparación es inspectora de Educación. Una responsabilidad que asume con satisfacción, aunque no sin cierto sabor agridulce: la renuncia a su vocación como orientadora en un centro con alumnado especialmente vulnerable.
“Es un sentimiento muy contradictorio”, admite. “Después de tantos años estudiando, llegar al final del camino es muy satisfactorio. Pero dejar atrás mi especialidad, la orientación, ha sido un trago. He tenido que asumir que ya no voy a seguir siendo docente ni orientadora, y eso cuesta”.
Una labor marcada por la implicación personal
Su compromiso con la orientación trascendía lo estrictamente profesional. Durante años trabajó en un centro complejo, con alumnado vulnerable y familias que a menudo se topaban con las barreras del propio sistema. “En mi especialidad es fundamental la calidad humana, además del criterio técnico que se nos presupone. Tenía muy presente la necesidad de acompañar al alumnado en su proceso y hacerles ver que, aunque a veces parece lo contrario, el sistema también ofrece recursos a su favor”, recuerda.
Ese acompañamiento quedará ahora en manos de otros, porque la tarea de Elez-Villarroel pasa a situarse en otro plano: “La inspección implica despacho, normas, papeles… pero también la garantía de que se cumplan los derechos y deberes de todos los que forman parte de la comunidad educativa: alumnado, profesorado, familias y personal de administración y servicios”.
Retos en una ciudad singular
La nueva inspectora afronta un escenario especialmente complejo. Ceuta no cuenta con la autonomía legislativa de las comunidades, depende de la Administración central. Eso hace que muchas veces desde Madrid no se entienda la realidad sociocultural de la ciudad”, explica. Uno de sus primeros objetivos será facilitar ese acercamiento: “La inspección debe estar presente en los centros, informar a la ciudadanía y acercar recursos”.
En su primer año, confiesa, toca aprender de la experiencia de sus compañeros y hacerse un hueco en el servicio. “Quiero dejar mi impronta”, asegura.
¿Qué hace un inspector de Educación?
Elez-Villarroel responde a la pregunta que muchos se plantean: La función inspectora se asienta sobre tres pilares: supervisión y control, asesoramiento e información y evaluación.
“Un inspector vela porque se cumpla la ley, asesora tanto al profesorado como a las familias y evalúa la práctica docente y la función directiva. No evaluamos al alumnado, pero sí que supervisamos que su proceso de evaluación se realice correctamente”, precisa.
Detrás de ese papel, reconoce, hay horas de lectura de normas, contacto con los centros, atención a la ciudadanía y aplicación de planes oficiales. Un trabajo poco visible, pero esencial para el funcionamiento del sistema educativo.
Consciente de la responsabilidad que asume, Raquel Elez-Villarroel encara esta nueva etapa con la misma vocación que guiaba su labor como orientadora: “Al final, todo se resume en garantizar derechos y acompañar procesos, aunque ahora lo haga desde otro lugar”.
Más allá de los papeles, las normas y los informes, Elez-Villarroel recuerda que el sentido último de su trabajo seguirá siendo el mismo que guiaba su labor como orientadora: “acompañar procesos y garantizar derechos”. Un propósito que, reconoce, cambia de escenario pero no de esencia.