Las altas temperaturas que cada verano se intensifican en Ceuta han puesto en evidencia la importancia del arbolado urbano como aliado natural frente al calor. Sin embargo, en los últimos años, la ciudad ha asistido a una reducción progresiva de su cobertura vegetal debido a talas y podas que, en muchos casos, no han sido seguidas de una reposición adecuada. Esta dinámica está dejando barrios enteros sin sombra, con consecuencias directas sobre la calidad de vida de sus habitantes.
Determinados barrios de la ciudad, así como algunas calles del centro han visto desaparecer ejemplares que antes ofrecían sombra a peatones, escolares y mayores. Aunque algunas talas han respondido a razones justificadas -como el deterioro de los árboles, tal y como aseguró Fomento que fue el caso del sauce llorón de la Marina o riesgos estructurales-, en ocasiones los vecinos denuncian la falta de planificación y transparencia. La reposición es escasa o inexistente, y los alcorques vacíos se acumulan sin que se plantee una replantación inmediata.
Este déficit se siente con fuerza en los meses de verano. Las calles sin árboles se convierten en corredores térmicos donde el asfalto y las fachadas acumulan calor durante todo el día. En los parques infantiles, la falta de sombra disuade a las familias de utilizarlos en horas centrales. Los bancos en plazas sin cobertura vegetal permanecen vacíos y la movilidad a pie se resiente.
Además del confort térmico, la vegetación urbana cumple funciones ambientales fundamentales: mejora la calidad del aire, atenúa el ruido, regula la humedad y fomenta la biodiversidad. Su ausencia no solo afecta a la sensación térmica, sino también a la salud física y mental de la población. Especialistas en urbanismo coinciden en que las ciudades con menos árboles son menos resilientes ante fenómenos climáticos extremos como las olas de calor, cada vez más frecuentes.
En Ceuta, la falta de un plan integral de arbolado urbano se ha convertido en un punto débil de la política medioambiental. Colectivos como DAUBMA insisten en la necesidad de establecer criterios claros de conservación, poda y reposición, así como en incluir el arbolado como parte esencial del diseño urbano. Sin vegetación que proteja y humanice el espacio público, la ciudad pierde uno de sus recursos más valiosos para afrontar un futuro marcado por el cambio climático.