En un tiempo en el que los galones pesan más que las botas, hay quien decide seguir manchándose de barro. Hay quien, aun llevando estrellas en el pecho, no se aleja de la primera línea. Hay quien —como el coronel José María Jiménez Gutiérrez— prefiere estar con los suyos antes que delante de los focos.
Llegó a la Guardia Civil en 1993, con la convicción de servir, no de mandar. Cinco años después, en 1998, su camino le trajo a Ceuta. Desde entonces ha estado en todos los frentes posibles: en el perímetro fronterizo, en el mar, en tierra firme y en momentos que no aparecen en titulares pero que marcan la historia de seguridad de esta ciudad.
Nacido en Sevilla —y bético—, José María Jiménez es de esos mandos que no necesitan levantar la voz para hacerse respetar. Huye del protagonismo como quien esquiva el sol en pleno agosto, y quizá por eso tiene tan ganada la confianza de sus guardias. No se pone por delante: se pone a su lado. No exige desde un despacho: acompaña desde el terreno.
Casado con otra guardia, Alicia Contreras, comparte no solo un uniforme sino un modo de entender la vida en verde. Y cuando habla de sus hombres y mujeres, no lo hace desde el escalafón, sino desde el compañerismo. No olvida a quienes ya no están, como al capitán Pepe Bejarano, cuyo nombre quedó grabado para siempre en una placa en el Patio de la Bandera de la Comandancia. Ese gesto no fue un acto protocolario más; fue una declaración de principios.
Dicen que el liderazgo se demuestra en los momentos difíciles. Él no pierde los nervios, pero su mano firme guía. Prefiere la acción al discurso, el servicio al aplauso. Por eso, cuando sus guardias patrullan de madrugada, él está ahí. Cuando hay un operativo complejo, él aparece sin avisar. No necesita que nadie lo vea: le basta con estar.
Hoy, en estas líneas, quiero rendir un homenaje sencillo pero necesario: reconocer a un coronel que honra el uniforme no por lo que representa, sino por cómo lo vive, como un guardia más. A quienes pisan fuerte sin hacer ruido, a quienes lideran con humanidad y sin artificios, también hay que darles las gracias.
Gracias, coronel Jiménez, por recordarnos que el respeto no se impone: se gana.