Cuando un país decide levantarse contra la corrupción, lo hace entero. No por mitades, no cuando conviene, no solo cuando el escándalo afecta al adversario político. Una manifestación contra la corrupción debe ser transversal, generalizada, porque el problema que denunciamos también lo es. Lo contrario —manifestarse solo cuando “le toca” al otro— no es compromiso democrático. Es oportunismo.
En la protesta reciente muchos ciudadanos estuvieron, invitados o no. Y otros que también querían estar se quedaron fuera, quizá porque se sintieron señalados por no apoyar siempre al mismo bloque. Sin embargo, quienes acudieron lo hicieron para decir “basta ya”… a todos. Porque este país no soporta ni un caso más, venga de donde venga.
Los últimos acontecimientos que salpican al Gobierno de Pedro Sánchez —el caso Ábalos, el llamado caso Koldo, las amistades peligrosas de Aldama— son graves. Nadie en su sano juicio puede trivializarlos. Pero tampoco podemos caer en la amnesia selectiva: la corrupción del otro bando no es menos dañina.
Gürtel, Púnica, Kitchen… tres nombres que deberían estar tatuados en nuestra memoria democrática. Redes de sobornos, campañas financiadas ilegalmente, brigadas parapoliciales creadas para tapar pruebas. Y aún quedan juicios pendientes.
Por no hablar de las irregularidades que han salpicado gobiernos autonómicos de distinto color: Murcia, Andalucía… y también rincones más pequeños, donde Ceuta y Melilla saben bien lo que significa que la política se manche.
La corrupción es como la humedad: se filtra por todas las grietas si no se ataja a tiempo. Y no distingue siglas. ¿De verdad alguien puede creer que es un problema del adversario? No. La corrupción es un problema de los corruptos, no de los votantes. No se combate señalando a quien vota, sino a quien delinque.
Por eso, si queremos manifestarnos contra la corrupción de verdad, hagámoslo bien: con un gran pacto de país, con instituciones fuertes, con sistemas de control independientes, con cero tolerancia para todos. Vayamos de la mano, no a empujones.
No ensuciemos más este país.
Respetemos las instituciones.
Y sobre todo, dejemos de convertir la corrupción en un arma partidista. Porque mientras sigamos usándola para hacer daño al contrario, seguirá creciendo a la sombra de nuestra hipocresía.
Si de verdad queremos un país limpio, hagámoslo juntos, sin banderas y sin excusas.