En un mundo obsesionado con marcar diferencias, Ceuta presume a menudo de convertirlas en encuentro. Y quizá por eso conviene mirarnos con un poco menos de complacencia. Esta semana lo hemos visto con una claridad casi simbólica: el final del Ramadán, el traslado del Medinaceli, el Cheti Chand y el Pésaj compartiendo calendario, calles y cielo. Cuatro celebraciones que en cualquier otro lugar serían una excepción; aquí, rutina. O eso nos gusta repetir. Bendita rareza… siempre que no tengamos que ponerla realmente a prueba..
Lo recuerdo porque este sábado volvió a repetirse una de esas escenas que definen a la ciudad: Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado y la Virgen de los Dolores salían de la iglesia de San Ildefonso, en la barriada del Príncipe Alfonso —ese barrio mayoritariamente musulmán que tantos señalan como “no go” sin haberlo pisado jamás— para iniciar el traslado hacia su casa de Hermandad en el Sardinero.
La emoción volvió a desbordarse en las puertas de la iglesia y por las calles del Príncipe, mientras el Medinaceli avanzaba hacia Sidi Embarek. ¿Quién no ha fotografiado alguna vez al Cristo pasando frente a la mezquita? Es una imagen que resume Ceuta mejor que cualquier campaña turística.
Un poco más adelante, antes de llegar al acuartelamiento González Tablas para la liberación del preso —porque en Ceuta todo es posible y ya nada sorprende—, la comitiva pasó frente al Centro de Menores. Allí ocurrió algo que, más que bonito, ha resultado incómodo: uno de los menores acogidos ofreció un ramo de flores al Señor de Ceuta. Incómodo porque desmonta discursos enteros en un solo gesto. Porque ese chico hizo, con una naturalidad desarmante, algo que muchos de los que luego escriben desde el odio no serían capaces de hacer. Y porque, sin pretenderlo, dejó en evidencia a quienes hablan de valores mientras niegan humanidad.
Publicamos la secuencia en redes y, como un resorte, llegaron los mensajes de odio. Algunos tan ofensivos que la propia aplicación decidió ocultarlos. Racismo explícito, desprecio, deshumanización. Todo ese catálogo que ya nos sabemos de memoria.
Por suerte, entre tanta bilis también aparecieron voces que recordaban lo esencial: la empatía, la memoria, la humanidad. Voces que preguntaban lo obvio: ¿acaso un joven africano no puede ser cristiano? ¿Desde cuándo la fe tiene color o pasaporte?
Y yo me pregunto algo más: ¿qué pensaría el Señor de Ceuta si tuviera cuenta en Instagram?
Yo, que no soy creyente al uso —descreída según quién me juzgue—, quiero creer que el Señor de Ceuta lo es de todos los que llegan a esta tierra. Como dice el himno: “Cuantos a tus playas llegan encuentran aquí su hogar.” Estoy convencida de que el Medinaceli no discrimina por color, ni por nacionalidad, ni por edad, ni por ideología. Lo dejó claro el Evangelio: amar al prójimo como a uno mismo. Amar, no odiar.
Pero el odio está de moda entre quienes enarbolan la bandera de la cristiandad para negar humanidad a quien no comparte su piel, su origen o su forma de pensar. Y aun así, el Señor de Ceuta tampoco les dará la espalda. Igual que no se la da a la mezquita. Igual que no se la dio a Thomas, el joven que ofreció las flores y cuya sonrisa emocionada dice más que todos los comentarios juntos.
Quizá ahí esté la verdadera rareza de Ceuta. No en que convivamos, sino en que todavía haya quien no soporta esa convivencia cuando deja de ser un eslogan y se convierte en realidad. Porque es fácil presumir de ciudad abierta… hasta que alguien que no encaja en tu idea de “los tuyos” aparece, sonríe y ofrece flores. Y entonces ya no hablamos de fe, ni de tradición, ni de cultura. Hablamos de otra cosa: de quién merece pertenecer. Y de quién, para algunos, nunca lo hará.
Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.
Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.
S. Iñesta