Sin Rodeos, con S. Iñesta

Lo que de verdad era una dictadura

Quienes dicen que “ahora sí vivimos en una dictadura” olvidan lo que realmente significaba vivir bajo Franco: miedo, silencio y ausencia de derechos

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Antes se vivía mejor”. “Lo de ahora sí que es una dictadura”.

Cada vez que leo o escucho frases así me echo a temblar. No solo por la incongruencia —en una dictadura no estarían opinando libremente—, sino porque me hacen sentir que crecí en otro país. Se me remueven los recuerdos de infancia, esos que te marcan a fuego.

Hoy escribo desde ahí, sin rodeos.

Yo nací en una dictadura. Franco murió cuando tenía ocho años. Y si recuerdas tu primera comunión, yo puedo recordar perfectamente aquellos años.

Me veo en casa de mi abuela, sentada en las piernas de mi abuelo. Él me enseñaba una canción —cuál era importa poco, de momento— y, de pronto, escucho a mi abuela: la voz quebrada entre el miedo y el enfado: “No le enseñes a la nena esa canción. Vamos a acabar todos en la cárcel. No sabe lo que canta”.

Debía de tener seis o siete años. Pasaron diez más hasta que entendí de qué delito hablaba mi abuela. Bastaba que “la nena” saliera de casa y recitara aquellas estrofas para que todos pudiéramos terminar en prisión. En aquella España, cantar podía ser un riesgo. Pensar podía ser un riesgo. Y reunirse para hablar, otro.

Y ahora lanzo dos preguntas: ¿Hoy irían a la cárcel por cantar una canción? ¿O por llamar al jefe del Estado “hijo de puta”, en redes o frente a una cámara?

Si la respuesta es “no”, quizá deberían revisar qué entienden por dictadura. Porque una democracia podrá ser imperfecta, irritante, ruidosa o incluso injusta a ratos, pero sigue siendo un sistema donde el desacuerdo no te cuesta la libertad.

Porque dictadura era no tener derechos laborales. Ni sindicales.

Dictadura era que las mujeres fueran educadas para ser esposas calladas y sumisas para ser madres obedientes, sin posibilidad de abrir una cuenta bancaria, conducir, pedir un préstamo, viajar, alquilar un piso, contratar la luz o reservar una habitación de hotel sin el permiso del padre, el hermano o el marido.

Dictadura era no poder hacer huelga ni manifestarse. Ni siquiera concentrarse: llegaban los grises o los civiles y soltaban un “disuélvanse” que no admitía réplica. No había réplica posible en nada: ni en política, ni en la calle, ni en casa, ni en la prensa.

En una dictadura yo no podría escribir esto. Y ustedes no podrían, públicamente, ponerme a caldo por hacerlo. Esa es, en sí misma, una de las garantías de vivir en una democracia: el derecho a exagerar, a enfadarse y a disentir sin que nadie te llame a la puerta a medianoche.

Por cierto, la canción que me enseñaba mi abuelo era La Internacional. Hoy puedo cantarla donde quiera. La diferencia entre aquella España y esta es exactamente esa: que ahora incluso podemos permitirnos el lujo de olvidarlo.

Pero ese olvido es peligroso. Las dictaduras no vuelven de golpe —aunque siempre llegan de la mano de un golpe, de Estado o de memoria—. Vuelven cuando dejamos de reconocer sus síntomas. Y cada vez que alguien las compara con una democracia, por muy defectuosa que sea, ese olvido avanza un paso.

Recordar no es nostalgia: es defensa propia.